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Saúl Arellano
 

Estimada Amanda:  

Estoy plenamente convencido de que el principal valor de una economía de mercado desde el punto de vista de las empresas, no es otro sino el de la competencia libre y justa.

En esa lógica, México carece aún de muchas estructuras para lograr generar una competencia abierta y que nos dé a los consumidores la posibilidad real de elegir.

Me gustaría mucho compartir mi artículo con los lectores de TVMAS Magazine.

Saludos cordiales

Televisión por cable, monopolios y otras impunidades
Por: Saúl Arellano | Opinión

Quienes contratan en este país un servicio cualquiera, en un alto porcentaje se ven envueltos en un verdadero calvario de trámites, requisitos y cobros que hacen pensar dos veces su adquisición. La experiencia personal más reciente la tuve con Cablevisión, empresa en la que, como en muchas otras, aquella premisa fundamental de las sociedades de mercado, en las que “el cliente siempre tiene la razón” simplemente no es parte del catálogo de sus principios.
Es cierto que el análisis de lo social no puede realizarse con base en ejemplos casuísticos. Sin embargo, en ocasiones la vida cotidiana puede ilustrar perfectamente un conjunto de condiciones estructurales de la economía, la política y la propia cultura.
Así, en mi pésima experiencia con esta compañía, pude vislumbrar un conjunto de factores que están rezagando, y en serio, a nuestra economía con respecto a otros países, y en general, en detrimento de la calidad de vida a la que podemos y debemos tener acceso.
El primer tema importante a destacar es la inmensa indefensión en la que estamos los consumidores frente al mundo de la empresa privada. Esto es así, porque al menos Cablevisión le cobra por adelantado la prestación del servicio, contraviniendo prácticamente cualquier lógica mercantil. En un “mundo ordenado” uno recibiría un servicio, y si se realiza a entera satisfacción, es entonces cuando uno paga, y no al revés.
El segundo punto que al menos en lo personal me quedó claro, es la enorme incomprensión de la dinámica demográfica que tenemos en México, y en esa lógica, la pérdida de oportunidades de negocio y de oferta de servicios que las propias empresas se niegan a asumir. De acuerdo con el Consejo Nacional de Población, en México habría en 2008, 2 millones 280, 955 hogares unipersonales, es decir, personas que viven (vivimos) solas, la gran mayoría localizadas en áreas urbanas, y las cuales llegarán a más de 2.44 millones en 2010, para llegar a tres millones en 2016.
Es evidente que las personas que viven solas no tienen la misma dinámica ni los mismos patrones de consumo que las personas que viven en hogares de dos o más integrantes. Frente a ello, la pregunta obligada es si hay compañías que ya presten servicios especializados para este grupo de población, y la respuesta es que descontando los supermercados, o algunas cadenas de comida rápida y farmacias, han sido pocos los sectores que han diseñado una estrategia para este nicho de mercado que de ningún modo es menor.
De esta manera, que un operador telefónico lo esté “regañando” durante 15 minutos para decirle que si quiere el servicio que su compañía presta, tiene Usted que destinar uno o varios días de la semana para esperar a sus instaladores, técnicos o demás empleados, es no sólo ofensivo sino que implica un nivel de impunidad mayor, porque lo que se encuentra detrás, es una estructura de mercado monopólica que permite a estas empresas asumir la lógica de: “si lo quiere tómelo, si no, tendrá de cualquier modo que volver conmigo porque no hay nadie más que le ofrezca este servicio”.
Si uno busca en una ciudad como Chicago, por ejemplo, se encontrará con al menos 12 compañías serias que le prestan el servicio de televisión por cable. La zona metropolitana de esta ciudad alberga alrededor de 10 millones de habitantes. Por el contrario, en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, con el doble de población, sólo hay dos compañías de dimensión importante en este mercado, lo cual, argumenten lo que argumenten en Cofetel, constituye una estructura monopólica que permite actuar con la impunidad ya señalada.
Cuando en Chicago lleva Usted la factura de su empresa, con una de la competencia, ésta se compromete a mejorar o el precio o el servicio. Si uno lo hiciera en México podrían hasta acusarlo de tráfico de información, prácticas desleales y otras acusaciones más.
Lo mismo ocurre con el mundo de la telefonía, con el del internet o incluso el acceso a productos como las bebidas embotelladas, en el que nuevamente, son dos grandes compañías globales las que se reparten el mercado, con prácticas que, a pesar de la resolución de la Corte, en la que declaró inconstitucional condicionar a sus distribuidores a excluir a la competencia, en la práctica, en muchas regiones y ciudades siguen operando estas políticas de las empresas refresqueras.
Vivimos en una nuera era que bien puede ser denominada como la era de la información (Castell), o como la “sociedad esfera” (Sloterdijk), y ésta es una nueva sociedad global sustentada en el conocimiento, el cual, a su vez, determina en buena medida a la competitividad. En una alianza con la Fundación Este País, CEIDAS publicó el martes pasado en el periódico Excélsior una síntesis de los resultados del Índice de la Economía del Conocimiento, 2007. Los resultados son desastrosos para México: en una escala del 1 al 10, México obtuvo apenas 3.64 puntos, y en indicadores como el número de viviendas con computadoras personales y con telefonía fija o móvil, los números están incluso por debajo de ese promedio nacional.
La Encuesta Anual de Servicios Privados No Financieros 2007, presentada por INEGI corrobora las percepciones aquí vertidas, y sobre todo muestra que a pesar de la importancia económica de este sector, que ya rebasa el 11% del PIB nacional, no se ha generado una estructura regulatoria ni normativa lo suficientemente fuerte como para poner el énfasis en el lado del consumidor y no de los proveedores de los bienes y servicios.
En los Estados Unidos de Norteamérica, una mujer se quema la boca al beber un café cuya tapa no le advertía que su bebida estaba muy caliente; demanda legalmente a la compañía y obtiene una reparación del daño por varios miles de dólares. En México, para empezar, no hay tribunales especializados en la defensa del consumidor y la Profeco apenas llega a ser una instancia de mediación que en el mejor de los casos sancionará a la empresa que incumpla con los servicios prometidos, pero a final de cuentas, si no hay un “arreglo” entre las partes, terminará remitiendo el caso a un juzgado civil, en donde a los meses de espera y “conciliaciones” de Profeco, habrá que agregar el tortuoso camino de una justicia diseñada fundamentalmente para quienes tienen dinero.
Adela Cortina llama a construir una “nueva ética del consumo” basada en la noción de ciudadanos plenos. Empero, para ello se requiere no solamente la capacidad para el ejercicio de los derechos, sino simultáneamente un conjunto de instituciones que permitan que esos derechos serán respetados y cumplidos en todo momento y que de no ocurrir así, el Estado puede tener intervenciones que restituyan los perjuicios que son generados a los consumidores.
La presencia de monopolios es una clara muestra del otro rostro de la impunidad, pues si por un lado, las autoridades se han prestado a lo largo de décadas a la corrupción y las componendas, lo cierto es que también una buena parte del mundo de lo privado ha sido cómplice, por decir lo menos, de estructuras que han beneficiado a unos cuantos en detrimento de inmensas mayorías.
En México, los bancos y otras instituciones financieras cobran comisiones prácticamente por ingresar a sus instalaciones; la industria de los alimentos está controlada por no más de 10 grandes consorcios; las telecomunicaciones apenas han iniciado un lento y tortuoso proceso de apertura; la industria de la lectura está atrapada en mafias de distribución y venta que se han opuesto sistemáticamente a iniciativas como “el precio único” en los libros; la industria de los espectáculos tiene a prácticamente un proveedor de boletos de acceso; y suma y sigue.
El correlato de las capacidades ciudadanas en el mundo del mercado es el de los consumidores responsables. Empero, éstos no pueden ser producto de la generación espontánea. Saber elegir requiere de una experiencia mínima de comparación en el mercado, lo que exige desde luego, estructuras institucionales que eviten los enormes mares de desigualdad en que hoy navegamos, en primera instancia, y en segundo término, que pongan límites a la voracidad de los privados.

sarellano@ceidas.org

 


 

 


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